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Huracán Alex en Monterrey
Viendo las fotografías que nos ha presentado el periódico, las que vamos viendo en la televisión, y –sobre todo— lo que vamos presenciando nosotros mismos: una ciudad devastada, la fuerza de la naturaleza, la vulnerabilidad del hombre..., pensando: “lo que tardará en reconstruirse todo eso...”, agradeciendo que no haya habido más vidas humanas perdidas, me ha venido a ratos furia, a ratos una gran tristeza: la “Ciudad del conocimiento”, la de la tecnología, otros han dicho “la Alemania mexicana”, ¡qué frágil todo!, ¡qué frágiles somos! Pero también, la pregunta: ¿qué tanto de lo que sucedió no era evitable? En mi propia casa, en cada rincón en que había una gotera o una humedad, había también cosas mal terminadas: el que tenía que sellar esta parte, no lo hizo hasta el final, o no utilizó el material más adecuado, o lo mezcló con otro para ‘ahorrar’ quizá unas cuantas monedas.
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Y luego, al ver las calles trozadas, las casas caídas, el río llevando enseres domésticos de alguna familia que se quedó en la calle, también me pregunto: ¿y por qué estaban construidas tantas casas en los cauces de los arroyos o de los ríos, o por qué los puentes no estaban totalmente sólidos para soportar el agua del río que –no hace falta repetirlo— no es la primera vez que crece, aunque quizá no a este nivel. Sabemos de sobra que están planeadas varias rompepicos, que si estuvieran construidas hubieran evitado casi totalmente lo que sucedió, y digo casi, porque no sé si se hubieran evitado los ríos entrando por las casas de los cerros aledaños y llevándose todo un patrimonio familiar si no es que a la familia completa. Estamos asentados junto a una Sierra Madre, lo cual implica que el agua bajará con mucha fuerza cuando haya lluvias, y lluvias como ésta, ¿cómo no estamos mejor preparados, si tenemos una de las mejores ciudades de la República?
No intento culpar a nadie, ni soy experta en construcción ni diseño urbano, a lo que voy con todo esto es a reflexionar un poco más a fondo: tenemos la inteligencia para saber cómo protegernos de los males de la naturaleza, en eso precisamente nos distinguimos de los demás animales, pero a veces nos falta utilizarla sensatamente, o quizá no queremos hacerlo porque nos ganan otros intereses. A este punto precisamente nos referimos cuando hablamos en el CPH de aprender a ser hombres, suena a perogrullada, y todo mundo piensa que ahora nos tenemos que dedicar a reconstruir, a trabajar para levantar de nuevo la ciudad de la que estamos tan orgullosos, pero, ¡alto! No lo hagamos tan deprisa, no lo hagamos igual, ¡por favor! Aprender a ser hombres es aprender a trabajar bien, y esto no es sólo una cuestión religiosa –como quizá pueda pensarse–, no, en absoluto (aunque efectivamente el tener esa perspectiva ayude a ver esto mejor o más fácilmente). Se trata de aprender a vivir, de aprender a ser felices, como decía el filósofo Ricardo Yepes, ¿por qué? Porque sólo haciendo bien aquello para lo que estamos hechos, que es para trabajar, somos felices y vivimos como hombres.
Lo que quiero decir es que si cada uno –desde el gobernante que tiene que aportar el presupuesto necesario, evitando corruptelas, pasando por el ingeniero civil y por el arquitecto, hasta el peón de albañilería— hace lo que le toca, bien, con el esfuerzo correspondiente, y sin adjudicarse premios anticipados, estaremos en buen camino. Si hay que volver a diseñar la ciudad, como se ha mencionado en los medios de comunicación, por favor, hagámoslo bien. Que no tengan que caer sobre nuestros hombros culpas posteriores, pero sobre todo que podamos ir con la cabeza bien alta, orgullosos de nosotros mismos, en el buen sentido de la palabra, porque hemos actuado como hombres, como verdaderos hombres y mujeres que actúan a la altura de lo que les corresponde. No es otro el objetivo de todos nuestros cursos y programas, no es otro el sentido de las Humanidades, sin las que la tecnología –como sabiamente nos lo está mostrando la naturaleza– no puede adquirir ni proporcionar aquello para lo que también está hecha: todas las ciencias y todas las artes –decía el sabio Tomás de Aquino, comentando a Aristóteles— se ordenan a la felicidad del hombre.
Con lo anterior, puedo afirmar que las Humanidades sirven para reconstruir la ciudad, y que es una necesidad absoluta darles su lugar -también en los presupuestos-, para la reconstrucción y el rediseño de nuestra queridísima ciudad de Monterrey.
Dra. Lucy Acedo Moreno
08 de julio de 2010
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